Benedetti murió. Lo digo así, con el verbo morir porque a él le gustaría que no se hablara de su muerte empleando otros verbos, otros impersonales verbos.
Yo digo que se murió porque de verdad lo siento. A pesar de que uno sabe que la gente se muere, cuando sus obras empiezan a inmortalizarse en vida, parece que ese alguien también encontró la fuente de la inmortalidad, parece que su cuerpo es su alma y como su alma está en su literatura, ésta no perecerá jamás.
Pero el cuerpo perece. El cuerpo se desgasta. El cuerpo muere. Hoy murió Mario Benedetti. Es que hay que escribirlo muchas veces para empezar a digerirlo. Será tal vez porque murió de una enfermedad intestinal crónica. Quizá tampoco él digería su muerte.
No es intención de esta autora hacer un obituario impersonal. No es de su interés dar esta noticia como la ha leído y visto en los medios. Ella quiere hablar de su experiencia personal, de cómo Benedetti ha influido en su instrucción, en su afán por convertirse en escritora. Esta autora leyó primero La Tregua y quedó maravillada. Tenía catorce años. Aunque ya había leído antes, el diario de Martín Santomé fue su primer encuentro con una literatura desgarradora y apasionante. Fue la primera vez en la que ella se sintió un personaje. En que parecía que estaba leyendo sus propias memorias. Hay quienes dicen que Benedetti impacta cuando uno es joven y después, conforme uno crece, va perdiendo su encanto. La autora considera que tocar a los jóvenes es un privilegio. Hay escritores mucho más complicados que aburren a los adolescentes. Benedetti es una invitación a conocer la lectura. Es la puerta abierta a descubrir el gran mundo literario que nos rodea, que crece con nosotros, y que a diferencia de los seres humanos, no muere.
Y sin embargo el autor ha muerto. No volverá a sacar algo nuevo. Nunca. Las más de ochenta obras bajo su autoría serán las únicas que reposen en los libreros esperando ser leídas. No habrá más. Tendremos que conformarnos con Quién de nosotros, con Gracias por el fuego, pero la sed de sus obras, tan sencillas y al mismo tiempo profundas, no se saciará. El aguador se ha ido. Ha dejado una obra inconclusa.
Mi agradecimiento hacia él es infinito. Desde que entró a mi vida cambió mi manera de ver la literatura. Acentuó mi gusto y terminó por encender mis inquietudes artísticas. Me abrió las puertas. Me llevó hasta la habitación en la que millones de personajes rondan, en la que incontables palabras se conjugan en oraciones que cambian el sentido de la existencia. Y luego me dejó ahí. Me dejó ahí para decidir. Para encontrarme con nuevos escritores que influyeron en él también. Luego me dejó crecer. El guía perfecto. Mario Benedetti, que murió hoy. Mario Benedetti murió.
Yo no quiero que descanse. Desearle eso a un escritor es una ofensa. Deseo que su obra se lea incansablemente. Deseo que vuelva a vivir en los ojos de quienes lo leen, a resonar en las mentes de quienes lo escuchan.
No descanses en paz, Mario Benedetti. Vive.
A continuación les dejo un poema cuyas palabras siento hoy que nos dedica:
Chau número tres
Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.
Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.
Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.
Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.
Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.
Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.
Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.
Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.
Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.
Charbelí

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